Decíamos en la entrega pasada, la cual ha sido suprimida y que, por tanto, pone en severa desventaja a quien no la haya leído, pero consideramos que el ejemplo anterior no vino a desmitificar ciertas ideas y que, muy por el contrario, podría haber adquirido un tono indebidamente misógino, pues, como advertimos aquella vez, bien podíamos haber empleado otras situación para referirnos a esas nuestras extrañas formas de relacionarnos entre hombres, mujeres, niños, niñas, viejos y viejas, mas, como no volverá a suceder, que quede bien claro, ninguna entrega, entrada o escrito volverá a suprimirse, lo que necesariamente nos obliga a pensar con más cuidado, imaginación y destreza lingüística cuanto queramos escribir de cuanto tengamos que decir.
Sobre el peculiar padecimiento que la mujer ha tenido que soportar durante siglos se ha escrito mucho, esa que eruditos y doctos llaman nuestra herencia judeo-cristiana que, entre otros peculiares detalles, ha provocado una especie de sentimiento de culpa en la mujer, especialmente con respecto a su sexualidad, y de la cual los hombres, no los hombres de Juan Jacobo Rousseau, filoso filósofo de la Revolución Francesa o lo que el naturalista inglés, Carlos Darwin, llamaría especie humana, sino los hombres varones, género masculino habremos de entender, herencia, entonces, que el género masculino de la especie humana ha aprovechado para generar cuanto control social sobre la mujer pueda derivarse de ello. No obstante, aclaremos, de ningún modo se trata de evadir el problema al adjudicar el tema a los especialistas o iniciados en asuntos de género, pues es precisamente al vulgo, como nosotros y nosotras o, mejor dicho, pues no falta quien se ofenda, como muchos nosotros y nosotras a los que más nos afectan esas cuestiones y a los que más nos debería importar, y, final o primeramente, los que realmente habremos de transformar los discursos en acciones. Entonces, no abundaremos en estos detalles, además de por el ya conocido pretexto de desconocer sobre el tema, también por un conveniente replanteamiento.
Hemos desaprovechado el mes de septiembre para abundar en los temas del nacionalismo, la patria, los patriotas y demás: ni el 15 de septiembre, ni el 16, en el que se realiza en esta ciudad el desfile militar, ni los 199 años de la Independencia de México, ni los 99, por añadidura, de la Revolución Mexicana, figuraron en nuestros no tan habituales diálogos. Empero, dirían por ahí, démosle tiempo al tiempo y entonces sí el siguiente año, con mucha más experiencia y conocimiento acumulado en nuestros haberes, aprovechemos el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Pero como la fortuna siempre nos sonríe, aunque algunas veces la sonrisa sea una simple mueca casi imperceptible, en vez de aprovechar el mes de septiembre, aprovecharemos el mes de enero.
En Brasil, país ubicado en el cono sur del continente americano, existe una bahía, que los cariocas o brasileños denominan río, descubierta por el navegante Gaspar de Lemos, de quien carecemos de mayores referencias y de quien no nos interesa tenerlas, al menos por el momento. Este explorador, tal vez buscador de tesoros, como abundaban por la época de la colonización española y portuguesa del continente americano, decidió en el año de 1502 llamar Rio de Janeiro a la bahía en cuestión, que en español vendría a ser lo mismo que Bahía de Enero.
Aunque el sentido común sea, en ocasiones, el menos común de los sentidos, como bien nos lleva a pensar dicho nombre, Gaspar arribó en su navío a la bahía el mes de enero, justo en año nuevo y, como dicen por ahí, año nueva, vida nueva, tesoros nuevos y hasta nuevo nombre para aquél pedazo de tierra a la vista.
-Tierra a la vista, tierra a la vista, capitán, tierra a la vista, ¿Qué nombre le pondrá capitán Gaspar a esta nueva tierra?
El orquestador del viaje, falto de imaginación, que no de pericia en el timón, le preguntó a su contramaestre. -¿Qué día es hoy?
El subalterno le respondió, -Hoy es primero de enero señor.
El capitán pensativo, dijo y repitió en un suspiro, como aquellos cuando se es consciente de la ejecución de grandes hazañas -Esta Bahía será Rio de Janeiro.
A pesar de tan emotiva escena y de la sofisticada elucubración del capitán, lo que no nos queda claro y lo que definitivamente no puede atribuirse al sentido común es por qué, en la ciudad de México decidimos llamar a una Plaza, Bahía de Enero o, como el marinero portugués dijo, Rio de Janeiro.
Pues sí, entre la calle de Durango, Orizaba y la también denominada Calzada Rio de Janeiro, en la colonia Roma, se encuentra la susodicha plazuela, que, por si no bastara, poco o nada alude a bahía alguna, al mes de enero o a nuestro país hermano en Sudamérica. Acaso la réplica de cinco metros del David de Miguel Ángel Buonarroti que podemos encontrar en la fuente central, al exhibirse sin pudor ante los ojos de todas y todos nosotros tenga alguna semejanza con el afrodisiaco carnaval anual que en la paradisiaca Bahía de Enero se lleva a cabo, al ritmo de los tambores de la samba, y donde hombres y mujeres hacen lo respectivo en las calles y, como resulta fácil suponer, en las plazuelas de aquella ciudad. Y aunque da la casualidad que el escultor florentino cincelaba el mármol para darle forma al David en las mismas fechas en que nuestro navegante Gaspar pisaba tierra en el sur de América, el escultor tenía en mente, según dicen que escribió en su diario personal (Almeida, 2004), un “héroe cívico… para advertir a cualquiera que viniera a gobernar… Los ojos atentos… el cuello de un toro… las manos de un asesino… el cuerpo, un reservatorio de energía”, palabras estas del maestro italiano que nos recuerdan que debemos comenzar a hablar de lo que originalmente debíamos hablar.
Que a las palabras se las lleve el viento es una verdad a medias, comprobada ni más ni menos que por las que aquí son leídas, que, para lograr tan reservada aptitud de navegar por los vientos, cual ligereza de una pluma, tendrían que ser pronunciadas si pretenden arribar a cualquier bahía, como hizo nuestro audaz y perspicaz capitán Gaspar con su navío. En todo caso aquí a lo más inmediato que estas palabras pueden aspirar es a que se las lleve la corriente eléctrica, y, eso sí, que nunca jamás sigan las corrientes principales por inercia. Pero es justamente el permitir que las palabras sigan su curso, que el mundo las cree como quiera y para lo que quiera, como éstas acaban creando al mundo.
Así como cada palabra tiene un significado comprensible para todos nosotros y nosotras, o casi todos y todas, así pues nos resulta relativamente sencillo articular letras para formar palabras y proceder del mismo modo con las palabras para formar oraciones, sentencias o ideas.
Que la palabra “palabra”, por utilizar un ejemplo que tal vez nos acabe confundiendo más, que dicha palabra, entonces, tenga un significado para el cual también tengamos que recurrir a palabras, es asunto, entre otros, de los especialistas del metalenguaje de la Real Academia de la Lengua Española, en el caso de la lengua mater de mexicanos y mexicanas, lengua esa sí mujer y ya veremos por qué más importante que cualquier patriótico territorio. Pero, entonces, para la idea que tenemos de “palabra” bien podríamos haber utilizado la palabra “juminta”, y así el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española nos ofrecería once diferentes acepciones sobre la palabra “juminta” que, en nuestro caso hipotético, tendría el mismo significado que el término “palabra”. Eso es justamente lo que sucede con la vasta cantidad de sinónimos que tenemos en nuestro idioma.
Ahora bien, cabe preguntarnos si realmente somos nosotros los que crean las palabras o son las palabras las que nos crean a nosotros. Para no entrar en el dilema de si la gallina fue creada y luego encinta por el espíritu santo, que mediante un hálito vital creó el primero huevo, o si el huevo, producto de la evolución, tuvo mutaciones genéticas que dieron como resultado el nacimiento de la primera gallina, diremos simplemente que ni una ni otra, las palabras crean el mundo y el mundo crea las palabras.
Pero pongamos algunos ejemplos:
Para hablar de cómo el mundo crea las palabras nada mejor que los ismos del lenguaje. Los mexicanismos, los anglicismos, los argentinismos, los venezolanismos, los colombianismos, etcétera, etcétera, son el mejor ejemplo de cómo el mundo crea las palabras. Con la fuerza de la costumbre y la repetición llegaron a este mundo los ismos a transformar el significado de las palabras o a crear nuevas palabras con, tal vez, significados no tan nuevos.
Para hablar de cómo las palabras crean el mundo, recurriremos a la perspicacia y originalidad del capitán Gaspar, utilizaremos nada más y nada menos que los ismos nuevamente. Estos nos muestran que diversas culturas pueden dar significados distintos a una misma palabra. Si, por ejemplo por seguir con nuestro ejemplo, Rosa, después de concluir su lectura, decidiera subir a su vehículo, encender el motor y las hélices de la sombrilla, y volar cual palabra fuera del territorio mexicano, debido, sólo supongamos, a una crisis económica que azota tanto a vendedores como a compradores o, como dicen los economistas, tanto a productores como a consumidores, para arribar en Cuba, la isla que no la calle, porque calle también tenemos, y probar suerte con sus chicharrones y frituras, si Rosa accediera a esta intrépida travesía, con la singular ventaja de su nave chicharronera, si la comparamos con la travesía que cientos de miles, por no decir millones, de indocumentados de los más remotos y lejanos países del sur de América realizan todos los días, a todas horas, para probar igualmente suerte en el hemisferio norte del planeta, mitad esta de avanzada, desarrollada y sin pretensión alguna de dominación o poder para con nada ni nadie, si Rosa, repetimos, intentara semejante barbaridad y, por bárbara, lograra llegar a la isla, tendría que emplear un término completamente diferente al de chicharrones para lograr su cometido y, finalmente, poder mandar algunos dineros, remesas dirían los economistas, pa’ la papa, o consumo dirían los economistas, de su familia y posibles allegados, o agentes económicos corregirían los economistas.
En Cuba, la isla que no la calle, el chicharrón es un árbol según nos dice la Real Academia en su octava acepción, y con el chicharrón de Rosa todo intento por construir y transformar nuestro entorno en artefactos para bien y para mal, como bien hemos venido haciendo desde tiempos inmemoriales, fracasaría, detalle este que a Rosa probablemente le tendría sin cuidado. Pero así como a Rosa ni le viene ni le va lo que vengan a hacer los cubanos con sus fritangas, así pues vemos cómo con las palabras decimos unas cosas, pero también decimos otras, es, como dicen por ahí, cuestión de enfoques. Al final es exactamente lo mismo la palabra que utilicemos para darle significado a lo que tengamos que decir, y, sin embargo, es también lo que decimos lo que precisamente le da significado a las palabras.
Decíamos la vez pasada, para los y las que no estuvieron atentas, que no es lo mismo decir una cosa que decir otra y, además, no es lo mismo que lo digan unos o unas a que lo digan otros u otras: no es lo mismo que digamos ¡Viva México Cabrones!, que en ¡México Viven puros Cabrones!, porque en primera, tendríamos que añadir indiscutiblemente que en México además de cabrones, viven cabronas o, mejor dicho, cabras, para utilizar la palabra correcta y, en segunda, eso de “cabrones” no es lo mismo que lo diga un mexicano a que lo diga un español, o un argentino, o un boliviano, o incluso un gringo, que ni vela tienen en el entierro, porque allá el norte, de avanzada decíamos, las velas son cosa del pasado, del tercer mundo, o como ahora todos y todas dicen para alentar el fuego de la esperanza, las velas son llamas de los países en vías de desarrollo.
Pero eso sí, los sentimientos patrióticos, que dicho sea de paso, según una encuesta publicada por el diario Mileio el 14 de septiembre, cada vez son más los mexicanos que sienten que las fiestas patrias han perdido el significado que tenían, si es que algún día lo tuvieron y si no es que, como dicen por ahí, cada quien habla como le va en la feria, y resulta que en la feria a los mexicanos últimamente no nos ha ido muy bien, entonces, eso sí, el “nacionalismo”, el “patriotismo”, el “mexicanismo” y cualquier otro ismo, como el “malinchismo”, decimos sentirlos a flor de piel y nada mejor que un ¡Viva México, Cabrones! para despertar en nosotros y nosotras cuanto amor y desamor a la patria se pueda sentir, y ni que decir si un estruendoso alarido de este tipo se grita a los cuatro vientos en un día como el 15 de Septiembre, mes que ya habíamos dejado en paz.
Y obviamente, en el caso en que “osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo, piensa oh patria querida que el cielo, un soldado en cada hijo te dio, un soldado en cada hijo te dio”, y repetimos impetuosamente lo del ejército de soldados mexicanos “al grito de guerra” por si a alguien no le quedó claro, cual David de Miguel Ángel, al pie de cañón. Claro que cabe ver cuán repetitivos somos en aquellos casos de antemano desventajosos, porque, además, para ejercitarse en los asuntos de la milicia, del bélico aplomo del guerrero, primero habríamos de ejercitarnos en los asuntos internos de la justicia, pero bueno, el asunto es que no es lo mismo decir “somos unos cabrones y cabronas”, a escuchar de un extranjero “son unos cabrones y cabronas”, cuando el sentido del comportamiento cabruno se aleja del sentido del término chingón o chingona para acercarse al concepto de la palabra ojete, culero o culera, o pendejos y pendejas.
¡Que la Otra Verdad nos haga Libres!
Referencias
Almeida, Adriana (2004). "El 'David' de Miguel Ángel", parte del trabajo presentado a la Lic. Cora Dukelsky, noviembre, 6 p.
s.a. (2009). "Sólo 28% con muchas ganas de festejar el 15 de septiembre", en Milenio, 14 de Septiembre, p. 14
Sobre el peculiar padecimiento que la mujer ha tenido que soportar durante siglos se ha escrito mucho, esa que eruditos y doctos llaman nuestra herencia judeo-cristiana que, entre otros peculiares detalles, ha provocado una especie de sentimiento de culpa en la mujer, especialmente con respecto a su sexualidad, y de la cual los hombres, no los hombres de Juan Jacobo Rousseau, filoso filósofo de la Revolución Francesa o lo que el naturalista inglés, Carlos Darwin, llamaría especie humana, sino los hombres varones, género masculino habremos de entender, herencia, entonces, que el género masculino de la especie humana ha aprovechado para generar cuanto control social sobre la mujer pueda derivarse de ello. No obstante, aclaremos, de ningún modo se trata de evadir el problema al adjudicar el tema a los especialistas o iniciados en asuntos de género, pues es precisamente al vulgo, como nosotros y nosotras o, mejor dicho, pues no falta quien se ofenda, como muchos nosotros y nosotras a los que más nos afectan esas cuestiones y a los que más nos debería importar, y, final o primeramente, los que realmente habremos de transformar los discursos en acciones. Entonces, no abundaremos en estos detalles, además de por el ya conocido pretexto de desconocer sobre el tema, también por un conveniente replanteamiento.
Hemos desaprovechado el mes de septiembre para abundar en los temas del nacionalismo, la patria, los patriotas y demás: ni el 15 de septiembre, ni el 16, en el que se realiza en esta ciudad el desfile militar, ni los 199 años de la Independencia de México, ni los 99, por añadidura, de la Revolución Mexicana, figuraron en nuestros no tan habituales diálogos. Empero, dirían por ahí, démosle tiempo al tiempo y entonces sí el siguiente año, con mucha más experiencia y conocimiento acumulado en nuestros haberes, aprovechemos el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Pero como la fortuna siempre nos sonríe, aunque algunas veces la sonrisa sea una simple mueca casi imperceptible, en vez de aprovechar el mes de septiembre, aprovecharemos el mes de enero.
En Brasil, país ubicado en el cono sur del continente americano, existe una bahía, que los cariocas o brasileños denominan río, descubierta por el navegante Gaspar de Lemos, de quien carecemos de mayores referencias y de quien no nos interesa tenerlas, al menos por el momento. Este explorador, tal vez buscador de tesoros, como abundaban por la época de la colonización española y portuguesa del continente americano, decidió en el año de 1502 llamar Rio de Janeiro a la bahía en cuestión, que en español vendría a ser lo mismo que Bahía de Enero.
Aunque el sentido común sea, en ocasiones, el menos común de los sentidos, como bien nos lleva a pensar dicho nombre, Gaspar arribó en su navío a la bahía el mes de enero, justo en año nuevo y, como dicen por ahí, año nueva, vida nueva, tesoros nuevos y hasta nuevo nombre para aquél pedazo de tierra a la vista.
-Tierra a la vista, tierra a la vista, capitán, tierra a la vista, ¿Qué nombre le pondrá capitán Gaspar a esta nueva tierra?
El orquestador del viaje, falto de imaginación, que no de pericia en el timón, le preguntó a su contramaestre. -¿Qué día es hoy?
El subalterno le respondió, -Hoy es primero de enero señor.
El capitán pensativo, dijo y repitió en un suspiro, como aquellos cuando se es consciente de la ejecución de grandes hazañas -Esta Bahía será Rio de Janeiro.
A pesar de tan emotiva escena y de la sofisticada elucubración del capitán, lo que no nos queda claro y lo que definitivamente no puede atribuirse al sentido común es por qué, en la ciudad de México decidimos llamar a una Plaza, Bahía de Enero o, como el marinero portugués dijo, Rio de Janeiro.
Que a las palabras se las lleve el viento es una verdad a medias, comprobada ni más ni menos que por las que aquí son leídas, que, para lograr tan reservada aptitud de navegar por los vientos, cual ligereza de una pluma, tendrían que ser pronunciadas si pretenden arribar a cualquier bahía, como hizo nuestro audaz y perspicaz capitán Gaspar con su navío. En todo caso aquí a lo más inmediato que estas palabras pueden aspirar es a que se las lleve la corriente eléctrica, y, eso sí, que nunca jamás sigan las corrientes principales por inercia. Pero es justamente el permitir que las palabras sigan su curso, que el mundo las cree como quiera y para lo que quiera, como éstas acaban creando al mundo.
Así como cada palabra tiene un significado comprensible para todos nosotros y nosotras, o casi todos y todas, así pues nos resulta relativamente sencillo articular letras para formar palabras y proceder del mismo modo con las palabras para formar oraciones, sentencias o ideas.
Que la palabra “palabra”, por utilizar un ejemplo que tal vez nos acabe confundiendo más, que dicha palabra, entonces, tenga un significado para el cual también tengamos que recurrir a palabras, es asunto, entre otros, de los especialistas del metalenguaje de la Real Academia de la Lengua Española, en el caso de la lengua mater de mexicanos y mexicanas, lengua esa sí mujer y ya veremos por qué más importante que cualquier patriótico territorio. Pero, entonces, para la idea que tenemos de “palabra” bien podríamos haber utilizado la palabra “juminta”, y así el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española nos ofrecería once diferentes acepciones sobre la palabra “juminta” que, en nuestro caso hipotético, tendría el mismo significado que el término “palabra”. Eso es justamente lo que sucede con la vasta cantidad de sinónimos que tenemos en nuestro idioma.
Ahora bien, cabe preguntarnos si realmente somos nosotros los que crean las palabras o son las palabras las que nos crean a nosotros. Para no entrar en el dilema de si la gallina fue creada y luego encinta por el espíritu santo, que mediante un hálito vital creó el primero huevo, o si el huevo, producto de la evolución, tuvo mutaciones genéticas que dieron como resultado el nacimiento de la primera gallina, diremos simplemente que ni una ni otra, las palabras crean el mundo y el mundo crea las palabras.
Pero pongamos algunos ejemplos:
Para hablar de cómo el mundo crea las palabras nada mejor que los ismos del lenguaje. Los mexicanismos, los anglicismos, los argentinismos, los venezolanismos, los colombianismos, etcétera, etcétera, son el mejor ejemplo de cómo el mundo crea las palabras. Con la fuerza de la costumbre y la repetición llegaron a este mundo los ismos a transformar el significado de las palabras o a crear nuevas palabras con, tal vez, significados no tan nuevos.
En Cuba, la isla que no la calle, el chicharrón es un árbol según nos dice la Real Academia en su octava acepción, y con el chicharrón de Rosa todo intento por construir y transformar nuestro entorno en artefactos para bien y para mal, como bien hemos venido haciendo desde tiempos inmemoriales, fracasaría, detalle este que a Rosa probablemente le tendría sin cuidado. Pero así como a Rosa ni le viene ni le va lo que vengan a hacer los cubanos con sus fritangas, así pues vemos cómo con las palabras decimos unas cosas, pero también decimos otras, es, como dicen por ahí, cuestión de enfoques. Al final es exactamente lo mismo la palabra que utilicemos para darle significado a lo que tengamos que decir, y, sin embargo, es también lo que decimos lo que precisamente le da significado a las palabras.
Decíamos la vez pasada, para los y las que no estuvieron atentas, que no es lo mismo decir una cosa que decir otra y, además, no es lo mismo que lo digan unos o unas a que lo digan otros u otras: no es lo mismo que digamos ¡Viva México Cabrones!, que en ¡México Viven puros Cabrones!, porque en primera, tendríamos que añadir indiscutiblemente que en México además de cabrones, viven cabronas o, mejor dicho, cabras, para utilizar la palabra correcta y, en segunda, eso de “cabrones” no es lo mismo que lo diga un mexicano a que lo diga un español, o un argentino, o un boliviano, o incluso un gringo, que ni vela tienen en el entierro, porque allá el norte, de avanzada decíamos, las velas son cosa del pasado, del tercer mundo, o como ahora todos y todas dicen para alentar el fuego de la esperanza, las velas son llamas de los países en vías de desarrollo.
Pero eso sí, los sentimientos patrióticos, que dicho sea de paso, según una encuesta publicada por el diario Mileio el 14 de septiembre, cada vez son más los mexicanos que sienten que las fiestas patrias han perdido el significado que tenían, si es que algún día lo tuvieron y si no es que, como dicen por ahí, cada quien habla como le va en la feria, y resulta que en la feria a los mexicanos últimamente no nos ha ido muy bien, entonces, eso sí, el “nacionalismo”, el “patriotismo”, el “mexicanismo” y cualquier otro ismo, como el “malinchismo”, decimos sentirlos a flor de piel y nada mejor que un ¡Viva México, Cabrones! para despertar en nosotros y nosotras cuanto amor y desamor a la patria se pueda sentir, y ni que decir si un estruendoso alarido de este tipo se grita a los cuatro vientos en un día como el 15 de Septiembre, mes que ya habíamos dejado en paz.
Y obviamente, en el caso en que “osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo, piensa oh patria querida que el cielo, un soldado en cada hijo te dio, un soldado en cada hijo te dio”, y repetimos impetuosamente lo del ejército de soldados mexicanos “al grito de guerra” por si a alguien no le quedó claro, cual David de Miguel Ángel, al pie de cañón. Claro que cabe ver cuán repetitivos somos en aquellos casos de antemano desventajosos, porque, además, para ejercitarse en los asuntos de la milicia, del bélico aplomo del guerrero, primero habríamos de ejercitarnos en los asuntos internos de la justicia, pero bueno, el asunto es que no es lo mismo decir “somos unos cabrones y cabronas”, a escuchar de un extranjero “son unos cabrones y cabronas”, cuando el sentido del comportamiento cabruno se aleja del sentido del término chingón o chingona para acercarse al concepto de la palabra ojete, culero o culera, o pendejos y pendejas.
¡Que la Otra Verdad nos haga Libres!
Referencias
Almeida, Adriana (2004). "El 'David' de Miguel Ángel", parte del trabajo presentado a la Lic. Cora Dukelsky, noviembre, 6 p.
s.a. (2009). "Sólo 28% con muchas ganas de festejar el 15 de septiembre", en Milenio, 14 de Septiembre, p. 14
Hablar sobre que las palabras crean al mundo o que es éste el creador de las palabras, implica describir un proceso que de hecho se está empleando al describir, o mejor dicho, moverse en algo así como los planos "cuánticos de la reflexividad" en los que no cabe la posibilidad de observar sin intervenir al objeto, o en este caso, distinguir al lenguaje sin construirlo. Para mí lo más bonito de este paradójico proceso radica en que al lenguajear y construir mundo, simultáneamente nos construimos, siendo capaces de cifrar toda una teoría de nuestro propio yo en el palabrear que empleamos, voluntaria sí pero la mayor parte del tiempo involuntariamente, con los otros pero especialmente con nosotros mismos.
ResponderSuprimirEste post me ha divertido mucho... es una interesante reflexión eso de cómo las palabras construyen al mundo. Cierto, lo que no se dice, es como si no existiera... la forma en la que aludes al clásico qué fue primero, el huevo o la gallina me ha parecido por demás divertida :D me voy a volver tu fan ;)
ResponderSuprimir